La trampa para elefantes: por qué se desinfló Ciudadanos

Javier Benegas y Juan M. Blanco

No se puede explicar el fenómeno Ciudadanos, ni tampoco el de Podemos, utilizando argumentos sencillos. En la España política, la espontaneidad sólo se da en cantidades medidas: todo suele estar diseñado de antemano aunque los planes rara vez salen conforme a lo previamente establecido. Lo cual no quiere decir que toda alternativa que supere el “corte” del establishment* sea un fraude o que, en un momento dado, no pueda escapar al control de quienes manejan los hilos; o al menos intentarlo. Sin embargo, toda formación con posibles nace con dos almas: una que cree que se puede hacer cualquier política y otra consciente de que existen determinadas líneas rojas que es mejor no cruzar. Quizá Rosa Díez, que combinó como nadie la transgresión con la metedura de pata, podría corroborarlo.

¿Cómo puede explicarse que tanto PP como PSOE atacaran con saña a la formación naranja, mientras dejaban a Podemos hacer de su campaña un paseo militar?

¿Por qué los medios se empeñaron en instalar en la mente del votante la idea de que Albert Rivera se había vuelto soberbio y displicente?, ¿que era él, y no Mariano Rajoy o Pedro Sánchez, quien se la jugaba el 20D? ¿Cómo puede explicarse que tanto PP como PSOE atacaran con saña a la formación naranja, mientras dejaban a Podemos hacer de su campaña un paseo militar? ¿Qué sucedió para que la imagen de Albert Rivera pasara súbitamente de ser la de un ganador a la de un perdedor?

Se ha aludido a los errores cometidos por Ciudadanos para explicar que se deshinchara como un globo al llegar a las urnas. Pero el análisis formal no es suficiente: el nuestro no es un país previsible y mucho menos transparente. Hace falta un enfoque más informal o, si se prefiere, expeditivo; un análisis menos apegado al manual y más acorde con la picaresca y, por qué no decirlo, las trampas de la España política.

Del señuelo de las expectativas…

Las campañas electorales no deben ser decisivas para ganar las elecciones, porque se supone que el pescado ya fue vendido con anterioridad. En todo caso pueden serlo en sentido negativo; es decir, si se cometen errores. Es como si todos los candidatos recibieran en la línea de salida una cesta con el número de huevos que en realidad les corresponde, y el juego consistiera en trotar montaña abajo hasta llegar a la meta habiendo roto el menor número posible. Mantener la cesta a buen recaudo, esto es, conservar los votos, sólo requiere disciplina y una estrategia bien definida.

Quienes movían los hilos conocían muy bien la predisposición del elector a orientarse hacia el voto útil

Hay diversas razones que explicarían por qué Ciudadanos no cumplió unas reglas tan sencillas, por qué se olvidaron del guion, tropezaron en demasiadas ocasiones y muchos de los huevos de su cesta se estrellaron contra el suelo. Sin embargo, sean cuales sean estas razones, todas parten de una causa inicial: la manipulación de las encuestas. El imparable ascenso de la intención de voto a Ciudadanos en los últimos 12 meses no fue espontáneo; fue producto de un premeditado cocinado de encuestas que le concedía una intención de voto muy superior a la real. Los “mass media” se prestaron a una táctica dirigida a desplazar a UPyD, y a una desgastada Rosa Díez, para colocar en ese espacio reformista al partido naranja. Quienes movían los hilos conocían muy bien la predisposición del elector a orientarse hacia el voto útil, hacia el caballo ganador.

Los dirigentes de Ciudadanos, lejos de ser cautos, de atender a la duda razonable, creyeron las encuestas adulteradas y caminaron en dirección a una trampa para elefantes: la de la euforia y el exceso de confianza… Y cruzaron las líneas rojas. Sucumbieron a una suerte de pensamiento mágico, a la creencia de que su líder era invencible, que podía salir airoso de cualquier desafío gracias a sus superpoderes. Daba igual que fuera propositivo en entornos que no se prestan a ello, como los debates televisivos. Ningún obstáculo era insalvable. No importaba que la televisión pública contemplara sendas entrevistas hechas por el inefable Bertín a mayor gloria de Rajoy y Sánchez, pero no de Rivera e Iglesias. O que la privada consintiera que en el debate a cuatro Rajoy delegara en su gregaria preferida, en vez de castigarle dejando vacío su atril, como hubiera sucedido en cualquier televisión de un país con más tradición democrática que el nuestro.

La posibilidad del ‘sorpasso’ al PP transformó el autobús electoral de la formación naranja en una hermética burbuja

Nunca fue verosímil que la intención de voto a Ciudadanos se disparara sin haber mediado sucesos extraordinarios. Y, sin embargo, Rivera y los suyos jamás contemplaron la opción de que las encuestas estuviesen manipuladas. Menos aún que pudieran ser víctimas del juego de las falsas expectativas. Sucede que las personas aceptamos con gusto las noticias beneficiosas, por muy increíbles que sean, pero tendemos a rehusar las desfavorables, aunque resulten infinitamente más verosímiles. De ahí que los exultantes estrategas atribuyeran el desproporcionado éxito al encanto arrollador de su líder y al buen hacer del partido. Cierto es que, a priori, no había razones para discutir a Rivera como principal activo de Ciudadanos, y que su debate televisivo con Pablo Iglesias en la barra del bar le había proporcionado enteros adicionales. Pero de ahí a pensar que podrían enfrentarse frontalmente al PP, en cualquier terreno y en cualquier circunstancia, mediaba un abismo. Es evidente que fueron las encuestas trucadas el factor clave que llevó a Ciudadanos a sobrevalorarse y perder la iniciativa.

… a la burbuja del autocar electoral

La posibilidad del sorpasso al PP transformó el autobús electoral de la formación naranja en una hermética burbuja. La euforia narcotizó al círculo de asesores y edecanes, convirtiendo a muchos de ellos en aduladores de un líder encumbrado, y olvidaron las críticas y las llamadas a la prudencia. Ciudadanos renunció a sus fortalezas, descuidó la contestación al sistema y sus ambiciosos proyectos de reforma, y se dejó arrastrar al farragoso terreno de la política ordinaria, al menudeo de los políticamente correcto, donde sus adversarios se sintieron como pez en el agua.

En contra de la creencia general, Rivera no fue presa del nerviosismo, sino que comenzó a mostrarse tal cual es: un tipo inquieto, gesticulante y parlanchín

El perfil que ofreció Rivera en el debate a cuatro, agitado, gesticulante y lenguaraz, ratifica todo lo anterior. En contra de la creencia general, no fue presa del nerviosismo, sino que comenzó a mostrarse tal cual es: un tipo muy inquieto, gesticulante y parlanchín al que hasta entonces sus asesores “sujetaban”. Pero habían dejado de hacerlo. Si bien resulta fácil guiar a un aspirante bisoño, no lo es tanto cuando empieza a creerse el “rey del mambo”. Tal fue el despropósito que en Ciudadanos llegaron a pensar que su presa natural era el PP, y que estaba a tiro, cuando en realidad su consolidación pasaba por desenmascarar a Podemos y convertirse en la marca de la “nueva política”. Fue entonces cuando el partido naranja dejó se ser un incómodo aliado del PP y pasó a ser su principal enemigo. Por añadidura, al colocar en su punto de mira al PP y postularse como su alternativa “natural”, se desplazaron definitivamente a la derecha y abocaron al establishment a un dilema irresoluble. Una cosa era que en Génova aceptaran la irrupción en el Parlamento de un nuevo partido que ejerciera de punto de apoyo, de bisagra, y otra muy distinta era un caballo de Troya. Con las cosas de comer no se juega.

Errores en cadena

Perdido el Norte, desdibujada la estrategia y olvidada la disciplina, que se cometan errores en cadena es algo inevitable. Por ejemplo, primar a los “paracaidistas”, sobre todo si saltaban desde algún órgano clave de la Administración, en detrimento de quienes llevaban tiempo batallando en el partido. Un atajo que desconectó al Ciudadanos de la política a pie de calle, pues son los esforzados políticos de base, los veteranos, quienes están en contacto con el votante, los que ya han aprendido a hablar en público o ante un micrófono o una cámara, a no pisar todos los charcos y, desde luego, a no quedarse en blanco en un directo o a no decir inconveniencias difíciles de explicar.

Tampoco se intentó amortiguar esa imagen monocroma de “gente bien” que impregna a la formación naranja. O evitar que Luis Garicano, independiente o no, pero siempre postulándose para ministro… aunque sea de Marina, se empeñara en cruzar por su cuenta todos los puentes aun antes de que Ciudadanos hubiera llegado a ellos. Capítulo aparte merece el enconamiento existente entre el “think tank” naranja y cuadros importantes del PP, lo que para gente principal es motivo de preocupación de cara a un necesario entendimiento. Pero esa es otra historia.

Demasiados trazos gruesos como para no tener la convicción de que un ‘establishment’ cada vez más torpe y descoordinado intentó influir en el dibujo del mapa político

En resumen, demasiados trazos gruesos como para no tener la convicción de que, al final, un establishment cada vez más torpe y descoordinadointentó influir en el dibujo del mapa político. Una pretendida modulación que, por culpa del estado de nervios, ha acumulado errores lacerantes, vacíos de comunicación, contradicciones y saltos de “raccord”. Nada más difícil para un periodista, un director de periódico, o un magnate de la televisión, que interpretar correctamente ambiguas e intermitentes instrucciones que, de forma un tanto enigmática, llegan desde arriba.

Lamentablemente, esta comedia tiene sus costes. De hecho, no sólo ha arruinado el discurso reformista, desembocado en la ingobernabilidad y facilitado la irrupción triunfal del populismo; también ha colocado al partido de Iglesias en ventaja de cara a unas posibles elecciones anticipadas, pues son los únicos que podrían concurrir –injustamente– libres de sospecha, con la coherencia intacta; esa consistencia revolucionaria, granítica y puritana de los que se creen ungidos para mandar. Sólo resta, pues, hacer una última pregunta: ¿hasta cuando continuará la farsa?

(*) Lo que vulgarmente se entiende por establishment, un ente todopoderoso, uniforme y coordinado, es irreal. Sucede que tendemos a la simplificación, a imaginar a un grupo resuelto, bien avenido y monolítico, compuesto por un puñado de prohombres, que al modo de las antiguas organizaciones secretas se reúne en privado para tomar decisiones y que determina nuestro destino. Y no es así. El establishment es algo bastante más heterogéneo, voluble y, sobre todo, mucho menos coordinado de lo que pudiera parecer. Lo cierto es que sería más correcto emplear el término acuñado por Douglas North, coalición gobernante, que el deestablishment, pues, según la idea de North, la diferente naturaleza de los integrantes de esa coalición (que además pueden ser individuos o grupos), la divergencia de sus intereses, los desacuerdos permantentes y la complejidad de sus relaciones se corresponde mucho más con la realidad. Si el establishment fuera como normalmente lo imaginamos, monolítico, todopoderoso y resuelto, hoy no estaríamos instalados en la ingobernabilidad. Obviamente, la realidad es bastante más compleja. No obedece a las teorías conspirativas propias de un telefilme. Y menos aún se compadece con la visión infantil de un mundo controlado por “Spectre”.

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