Felipe VI: entre cadáveres políticos y la segunda Transición

Javier Benegas y Juan M. Blanco

“Una nueva generación reclama el papel protagonista para afrontar con renovada intensidad los desafíos”, explicó Juan Carlos I en el mensaje con el que daba paso a su sucesión y que pretendía marcar, o al menos lo pareció, el inicio de un cambio de ciclo. Y así debió ser, puesto que el régimen nacido en 1978 tenía en don Juan Carlos su principal pilar. Y por fuerza, su abdicación debía ser un revulsivo para la regeneración.

Felipe VI se encuentra en la disyuntiva de velar por tiempo indefinido el cadáver de la Transición o abogar por su pronta y digna sepultura

Sin embargo, el cambio de ciclo se cerró en falso sin llegar a alumbrar un nuevo régimen. La Corte se negó a seguir al faraón y quiso continuar en el poder, abocando a España a la ingobernabilidad que las pasadas elecciones han terminado por traer. Ahora, Felipe VI, que debió simbolizar el inicio de la transformación del Régimen del 78, se encuentra en la disyuntiva de velar por tiempo indefinido el cadáver de la Transición o abogar por su pronta y digna sepultura.

El sentido de la Monarquía

Puede que a más de uno le extrañe que la Monarquía pueda ser en realidad algo más que un florero colocado sobre el baldaquino del modelo político. Pero esto es España y aunque la Constitución y las leyes presenten a un monarca sin capacidades ejecutivas, que debe limitarse a servir como moderador de las instituciones, actuando como garante de la integridad de la nación y ejercer como más alto representante del Estado, nuestra historia más reciente nos ha mostrado, a través de Juan Carlos, un rey con enorme capacidad de influencia, y no siempre en bien de la nación. Lo que ha llevado a muchos a preguntarse si tiene sentido hoy día la monarquía hereditaria y, sobre todo, a cuestionar su continuidad. Una actitud crítica que se ha agudizado por obra y gracia de la crisis económica, política y moral que padecemos.

Frente a las acusaciones de arcaica, anacrónica o injusta, los defensores de la monarquía constitucional siempre han esgrimido argumentos que resultan, en principio, soportables e incluso aceptables. Un jefe de Estado situado por definición al margen de la lucha partidaria goza de una aceptación más amplia que un presidente electo, que por fuerza está estrechamente vinculado a los intereses de uno de los partidos que se disputan el poder. La Corona, en principio, estaría en mejor situación para ejercer de árbitro y moderador del sistema, actuando incluso de contrapoder en casos de extrema necesidad. Además, desde el punto de vista simbólico, la monarquía hereditaria constituiría un símbolo de unidad y continuidad de la nación que primaría sobre la efímera naturaleza de los políticos electos.

El principal atractivo de la Corona, y el fundamento básico de la convicción monárquica, no es racional sino básicamente emocional

Sin embargo, como ya explicáramos en estas mismas páginas, el principal atractivo de la Corona, y el fundamento básico de la convicción monárquica, no es racional sino básicamente emocional. La mística de la Monarquía, y su estrecho vínculo con el imaginario colectivo, alcanzan su cénit en la extraordinaria expectación y el entusiasmo que suscitan las fastuosas bodas de príncipes y princesas. En 1867 el ensayista inglés Walter Bagehot señalaba:

“En un régimen monárquico, la atención de la nación se concentra en una persona cuyas acciones resultan atractivas. En una república, esa atención se divide entre muchos personajes, que realizan actos bastante insulsos. Por ello, debido a la fortaleza del corazón y la debilidad de la razón, la robustez de la monarquía estriba en su apelación a los sentimientos mientras que la endeblez de la república se debe a su llamada al entendimiento”.

Ocurre que, cuando un sistema constitucional elimina las capacidades ejecutivas del monarca, el entusiasmo popular y la aceptación de la ciudadanía exigen cualidades excepcionales y, sobre todo, una entrega y comportamiento ejemplares. Dicho de otra forma, extinguida la Potestas, el soberano necesita una poderosa Auctoritas para retener su posición. Y ninguna de estas virtudes imprescindibles para el correcto funcionamiento de la monarquía estuvieron stricto sensu presentes en el anterior rey.

Impulsar y garantizar un comportamiento ejemplar de la Corona precisaba incentivos y controles que nunca existieron. Durante muchos años, la prensa incumplió su deber de ejercer la crítica constructiva sobre la Monarquía y proporcionar al público una información fiable y veraz de esta institución. Da ahí que muchos pasajes de nuestras hemerotecas relativos al rey estén mucho más en consonancia con la forma en que la prensa franquista glosaba los discursos del Caudillo, que con el tono acostumbrado en los países democráticos con libertad de prensa. En resumen, la crítica a la Corona y su análisis objetivo han sido un tabú, un veto creado por intereses ajenos a los del ciudadano común. Y en estas parece que hay intención de seguir. Lo cual está en perfecta consonancia con el inmovilismo oficial de unos políticos viejos que debieron hacer mutis por el foro junto con el anterior rey y no lo hicieron.

La ingobernabilidad no es problema sino síntoma del declinar sin remedio del modelo político y de los partidos dinásticos: PP y PSOE

Y en este dilema se encuentra Felipe VI, en el de tener que elegir entre escuchar los cantos de sirena de políticos cadáveres y consentir que el nuevo ciclo, que debió iniciarse con la abdicación de Juan Carlos, se cierre definitivamente sin siquiera empezar, o por el contrario, ejercer de árbitro y moderador, actuando, si es preciso, como contrapoder, como esa palanca necesaria con la que romper la perversa inercia de un modelo francamente agotado. Porque no se equivoquen, la ingobernabilidad no es problema sino síntoma de un mal mayor: el declinar sin remedio del modelo político y con él de los partidos dinásticos, PP y PSOE. Y en esta situación de agotamiento y parálisis, donde nadie da su brazo a torcer, quizá deba ser la Corona la que sugiera a quien sea menester que el mejor servicio que puede prestar a la nación es echarse a un lado del camino. Porque España no se puede permitir estar a expensas de la salvación o no de determinados personajes. Y menos aún si, teniendo todo en su mano, no quisieron hacer las reformas que era necesario hacer y, ahora, juran acometer siempre y cuando conserven su sillón.

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