Cuando la política es un ratón que corre enloquecido dentro de su propia rueda

Javier Benegas y Juan M. Blanco

En un BOE de de 2014 se recogía un párrafo más digno de una película de los Hermanos Marx que de una publicación jurídica: “Anuncio de la Junta de Contratación del Ministerio de Defensa por el que se hace pública la modificación del Anuncio de la Junta de Contratación del Ministerio de Defensa por el que se hace pública la modificación del anuncio de la Junta de Contratación del Ministerio de Defensa por el que se hacen públicas las modificaciones de dos anuncios…”. Tras esta espectacular introducción, se intentaba acotar la modificación sobre la modificación de la modificación de alguna modificación donde, al parecer, los errores se habían sucedido en cadena. Una vez superada la primera fase, cualquier lector masoquista podía continuar sumergiéndose en el maravilloso mundo burocrático: “En el punto A), donde dice 27/1/2014, a las 12:00 h., debe decir “9/7/2014, a las 12:00 h… En el punto B), donde dice “6/2/2014, a las 12:00 h., debe decir 21/7/2014, a las 12:00 h… En el punto C), donde dice 26/2/2014, a las 10:00 h., debe decir 4/8/2004, a las 10:00h…”. El horror.

Pero esta tónica no es exclusiva del BOE. El Parlamento también es aficionado a los trabalenguas. En marzo de 1997 el pleno del Congreso de los Diputados se vio obligado a votar la siguiente disposición: “Rúbrica de la disposición transitoria segunda. Se suprime la referencia a las tarifas de conexión para desarrollar el contenido resultante de la tramitación previa en el Congreso de los Diputados. Por último, también por razones de técnica legislativa, una disposición derogatoria que prevé expresamente la abrogación del Real Decreto Ley del que trajo origen este Decreto Ley», lo que llevó al entonces presidente del Congreso, Federico Trillo, a exclamar su famoso “manda huevos“. Hay que reconocer que Los Hermanos Marx lo resolvieron de forma más elegante, y bastante más entretenida, en su famosa escena de “la parte contratante de la primera parte”.

Todas las disposiciones del BOE, de una forma u otra, bien sean licitaciones, subvenciones o leyes, acaban afectando siempre a la sociedad en su conjunto

Es evidente que, quienes optan a licitaciones públicas, particulares o empresas, suelen saber dónde se meten y, por la cuenta que les trae, hacen denodados esfuerzos para resolver jeroglíficos como éste o peores. Algunos, los más pudientes, cuentan con equipos de consultores capaces de escudriñar cualquier jerigonza administrativa. Otros, los menos afortunados, leen y releen los abracadabrantes textos, piden ayuda a amigos y familiares o recurren a algún conocido abogado para desvelar el misterio. También ocurre con demasiada frecuencia que unos están sobre aviso de modificaciones “inesperadas”, mientras que otros no tienen tiempo de reaccionar y quedan fuera del concurso. El origen de la fortuna de Jesús de Polanco, el éxito de su editorial, Santillana, se encuentran en un chivatazo de este tipo. Al común de los mortales, eso que llaman la letra pequeña del BOE le trae sin cuidado pero, sea como fuere, lo relevante es que todas las disposiciones del BOE, de una forma u otra, bien sean licitaciones, subvenciones o leyes, acaban afectando siempre a la sociedad en su conjunto. Es más, es en el Boletín donde los gestos se traducen en hechos y, por lo tanto, queda retratada la calidad de la política.

En realidad, el BOE (y también sus homólogos autonómicos) es el gran libro de bitácora de la política. Ahí, toda acción legislativa, desde la más nimia a la más trascendente, se traslada a la realidad, proporcionando una fiel imagen, en contraste con las voces que se lleva el viento, de la inextricable, y muchas veces equívoca, acción legislativa. No importa lo que digan los grandes titulares de la prensa sobre ésta o aquella iniciativa: hasta que no es traducida por el BOE, e interpretada después, nadie sabe lo que realmente ha sucedido. Incluso, en demasiadas ocasiones, es necesario un exégeta o un hermeneuta para interpretar la verdadera intención de los textos, pues pocas veces es realmente la que parece.

Aunque en el caso español sea especialmente intensa, esta dinámica tan compleja no es exclusiva de nuestro país. También se encuentra presente en otros muchos, incluso en aquellos que, a priori son más transparentes y disponen de mecanismos bastante más garantistas. Allí como aquí, las grandes polémicas que agitan a la opinión pública terminan en tormentas dentro de un vaso de agua, donde unos y otros interpretan su papel en la representación teatral, como si la política fuera un ratón que corre alocadamente dentro de su propia rueda, sin moverse del sitio.

Una promesa de cobertura sanitaria universal termina, tras años de trifulcas, en un apaño que ni es universal ni ofrece las prestaciones prometidas

Una vez los grandes titulares son reemplazados por la sagrada palabra de los boletines oficiales, aquello que, por ejemplo, prometía ser un gran cambio, termina en astuto trueque o, peor, en la transformación del problema real en otros múltiples y ficticios que se resuelven con inacabables baterías de medidas equívocas, una lluvia fina que deja frío al más ingenuo de los entusiastas. Así, por ejemplo, una presunta reducción de impuestos se puede transformar en un incremento encubierto; una iniciativa para promover mayor competencia en un sector deviene en el fortalecimiento de las barreras de entrada; una promesa de cobertura sanitaria universal termina, tras años de trifulcas, en un apaño que ni es universal ni ofrece las prestaciones prometidas; o las promesas pacifistas de no intervención militar, terminan mutando en guerras encubiertas…

Curiosamente, aun cuando la ley se publica en su forma definitiva y el enigma se resuelve, de cara al público los grandes titulares permanecen, también las polémicas, desdoblándose la realidad en dos universos diferentes: el oficial, con su impostada lucha política y sus desproporcionadas expectativas, y la cruda y prosaica realidad. Al principio, gracias al seguidismo de los medios, el público hace suya la ficción, la interioriza y toma partido, como si la gran confrontación siguiera pendiente, como si los grandes ideales aún estuvieran en disputa. Pero el tiempo transcurre, y las experiencias y percepciones particulares de los ciudadanos, aquellas que provienen del entorno personal comienzan a no encajar con las informaciones que provienen de los medios o de las estadísticas agregadas. Entonces aumenta la inquietud de la gente ante las grandes cuestiones pendientes y también su sensación de incertidumbre, de inseguridad, hasta que la divergencia entre la versión oficial y la realidad percibida se torna crítica. Es ahí donde se inicia el escepticismo, el hartazgo, la animadversión, una desconexión paulatina entre la política y una parte creciente de la sociedad.

Durante mucho tiempo, los llamados creadores de opinión y los expertos han venido mantenido su hoja de ruta sin inmutarse, sin reflejar la nueva realidad. Pero, tarde o temprano, la ansiedad acumulada acaba aflorando

Durante mucho tiempo, los llamados creadores de opinión y los expertos han mantenido su hoja de ruta sin inmutarse, sin reflejar la nueva realidad. Pero, tarde o temprano, la ansiedad acumulada acaba aflorando. Y lo hace, por ejemplo, en una votación a propósito del Brexit, en unas elecciones presidenciales norteamericanas extraordinariamente polarizadas o, más recientemente en Italia, con el referéndum planteado por Matteo Renzi. Es decir, las llamadas a la participación, con las que el sistema aspira a legitimarse, son finalmente utilizadas por la gente para expresar su descontento, su hartazgo. Obviando la cuestión concreta, la oficial, muchos ciudadanos convierten su voto en una patada en el trasero del establishment. Sin embargo, con su campo de visión limitado a la  pregunta formal, muchos expertos concluyen que se trata de un comportamiento irracional o, en su defecto, fruto de falsas creencias e informaciones. En algunos casos podría ser cierto pero, en otros muchos, diríase que, conscientemente y adrede, la pregunta a la que responde el ciudadano no es exactamente la que figura en la papeleta.

El motivo del cansancio, del distanciamiento entre sociedad y política estriba en que el ciudadano acaba percibiendo, con mayor o menor nitidez que, en lugar de reconocer derechos generales, iguales para todos, las leyes se han diversificado, complicado y retorcido para otorgar gracias y privilegios discrecionales a determinados grupos que se encuentran cercanos al poder o que logran presentarse ante la opinión pública como víctimas. Naturalmente, la mayoría de ciudadanos, que no pertenece a ninguno de estos colectivos, se siente discriminada, alienada, impotente. Y no ofrece buenas perspectivas de futuro una sociedad en la que el afán de buena parte de sus miembros no es otra que la de suscitar lástima y compasión en los demás, conseguir su propia ley o su página en el BOE. Naciones de personas libres, dignas y responsables se convierten así en sociedades infantilizadas, con mentalidad de mendigo, incapaces de sobrevivir en un mundo globalizado.

Las grandes cuestiones no son abordadas mediante un debate franco, directo, descarnado sino incluidas en un diálogo de besugos donde abunda el eufemismo, el subterfugio y la autocensura

Nos encontramos con un enorme hartazgo de buena parte de la ciudadanía ante la inflación de caóticas acciones administrativas. Una sucesión de leyes y enmiendas sin fin, que nadie es capaz de abarcar en conjunto, menos aún dotarlas de alguna coherencia. Solo cada empresa, cada sector, o cada grupo interesado, comprende demasiado bien el propósito de esa determinada ley, página o artículo que le atañe. Puede que esta enorme complicación haga las delicias de los expertos. Tal vez les haga sentirse útiles, imprescindibles para penetrar lo impenetrable. Lo que es seguro es que alrededor de este descontrol florece toda una industria de la política, del análisis, un prolífico ecosistema de la subvención y, también, de la picaresca. Entretanto, las grandes cuestiones no son abordadas mediante un debate franco, directo, descarnado sino incluidas en un diálogo de besugos donde abunda el eufemismo, el subterfugio y la autocensura. Un proceso que no conduce a ninguna parte.

Quizá sea hora de plantearse el regreso a normas sencillas, estables, comprensibles e iguales para todos, acometer una drástica simplificación legislativa. No seguir promulgando una ley para cada supuesto problema, generalmente empeorándolo, requiriendo en el futuro otra nueva ley y así hasta el infinito. Mucho menos continuar legislando implícitamente para cada colectivo en lugar de hacerlo para la sociedad en su conjunto. El creciente desencanto con la política seguramente proviene de la ausencia de un marco comprensible y justo donde el ciudadano sienta que existe igualdad de derechos, y de responsabilidad, para todos. Y es que, cuando la política deja de abordar las grandes cuestiones se convierte en un peligro: en la profecía que se cumple a sí misma.

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