El “autobús del odio” o cuando la corrección política se nos fue de las manos

Javier Benegas

Es muy probable que usted, querido lector, pertenezca a una familia como tantas otras, con más o menos posibles, en la que, desde la más tierna infancia, sus padres, abuelos y familiares le educaron en una serie de convenciones morales, algunas de ellas bastante elementales tales como que no se debía abusar de los demás, que estaba mal pegar o pelearse, menos aún hacerlo con personas manifiestamente más débiles. Incluso, tal vez le enseñaran que la violencia de cualquier tipo, no sólo física, sino también verbal, contrariamente a lo que un crío pueda creer, no te colocaba por encima de los demás sino justo lo contrario: te degradaba.

Era difícil siendo muy joven asumir por completo esas enseñanzas, sobre todo en el colegio, sin el amparo de la familia, rodeado de desafiantes competidores, de locos bajitos que buscaban destacar sobre los demás, erigirse en líderes dominantes o, simplemente, colocarse los primeros en la cadena alimenticia de una selva infantil. En ocasiones se fracasaba porque resultaba imposible reprimir el insulto ante una provocación o no recurrir al uso de la fuerza cuando algún chaval te arreaba un mamporro durante una discusión. Sin embargo, los mayores insistían. Así, perseverando, madurabas y desarrollabas un mayor autocontrol. Ya de adulto, eras tú quien transmitías esas mismas convenciones a tus hijos, que a su vez tenían que asumirlas e intentar salir indemnes de sus infantiles selvas particulares.

Evolución social

Sin embargo, pese a esas convenciones nobles, aquellos eran tiempos diferentes. Tiempos en los que hacer chistes sobre maricas, negros, mujeres, discapacitados físicos o mentales no estaba mal visto. Se admitían porque nos hacían reír y se descontaba que su coste moral no recaía sobre nosotros sino que corría a cuenta de minorías testimoniales. La “ofensa” era inocua, en tanto que afectaba a grupos supuestamente residuales o que no manifestaban de forma contundente su indignación. Obviamente esta circunstancia no ennoblecía la costumbre. De hecho, antes de que aparecieran  grupos organizados que defendieran a las minorías, estas actitudes ya resultaban incómodas para quienes eran educados en contra del abuso, porque podían intuir cierta incoherencia entre esas elevadas convenciones transmitidas en el seno familiar y la trivialización del menosprecio, aunque fuera para pasar el rato. Así, aunque la actitud mayoritaria consistiera en mirar para otro lado, con el tiempo aquellas actitudes fueron cayendo en desuso.

El progreso social consiste en desarrollar reglas informales contrarias a cualquier práctica que atente o denigre a los demás

Podríamos decir que el progreso social consiste en desarrollar reglas informales contrarias a las prácticas que atenten o denigren a los demás. Unas reglas informales que tarde o temprano se convierten en convenciones. Quizá no a la velocidad que muchos desean, pero la evolución se produce.

Sin embargo, lo que hoy entendemos como corrección política (o políticamente correcto) es relativamente reciente. Un fenómeno no tanto surgido de forma espontánea, a través de reglas informales que dimanan de la sociedad, sino dirigido desde las instituciones a exigencia de organizaciones que, se supone, representan a grupos agraviados, discriminados o simplemente vituperados. Esta corrección política ha dado lugar no sólo a legislaciones polémicas, que, esgrimiendo la discriminación positiva, han chocado frontalmente contra el principio de igualdad ante la ley, sino al surgimiento de una policía del lenguaje. Incluso, en ocasiones, lo que puede parecer un avance, una evolución, puede ser un viaje al pasado, como sucede, por ejemplo, con el “novedoso” delito de odio, que es una puesta al día del delito por convicción ideado en la totalitaria y desaparecida Unión Soviética.

La policía del lenguaje

Hoy, cualquiera con una mínima empatía sabe que no sólo la agresión física hace daño sino que también puede hacerlo la palabra. Por lo tanto, la corrección política, que afecta al uso del leguaje, ha progresado sin apenas resistencia, a una velocidad vertiginosa, demasiado vertiginosa como para no producir efectos adversos. Al fin y al cabo, ¿quién osará oponerse a prohibiciones que persiguen actitudes inmorales?

Lamentablemente, las sociedades no son masas uniformes de millones de individuos, capaces todos de avanzar a igual velocidad en el complejo terreno de las convenciones y mucho menos estar de acuerdo. Hay quienes están encantados con que la progresión sea vertiginosa y quienes necesitan mucho más tiempo para asumir convenciones completamente nuevas que, en no pocos casos, les obligan no ya a luchar contra la costumbre, el hábito, la cultura, sino a girar 180 grados sobre sí mismos.

Hoy, cualquiera puede meterse en un buen lío por el simple hecho de tener un desliz y usar una expresión inconveniente

Hoy, cualquiera puede meterse en un buen lío por el simple hecho de tener un desliz y usar una expresión inconveniente, quizá anacrónica, aunque sólo sea una frase hecha dentro de una conversación mucho más amplia y, desde luego, sin intención de ofender. Peor aún, se puede sacar de contexto una expresión y que algún desdichado termine siendo linchado socialmente, sin que la turba atienda a razones. De hecho, resulta alarmante la facilidad con la que hoy se adjudican etiquetas como “intolerante”, “machista”, “racista”, “xenófobo”, “homófobo” a cualquiera que, no ya utilice expresiones incorrectas, sino manifieste su desacuerdo o disienta de determinadas iniciativas, leyes o medidas que supuestamente tienen como fin revertir algún tipo de discriminación.

Autocensura y silencio

Así, hemos llegado a un punto en el que cada vez son más las personas que prefieren autocensurarse, eludir la discusión, el debate (incluso mentir) o, simplemente, no manifestar su parecer ante el riesgo de ser señaladas con el dedo y que su reputación se vea comprometida. En vez de propiciar el acuerdo, el intercambio de ideas y pareceres, se incentiva el silencio, la falta de comunicación y el distanciamiento entre las personas.

Los políticos llevan demasiado tiempo incentivando la existencia de grupos de intereses de los que luego se valen para permanecer en el sillón del poder

Para que una sociedad evolucione de forma equilibrada es necesario un clima que favorezca el diálogo, donde las personas puedan expresar libremente sus preocupaciones, inquietudes, dudas y, por qué no, desacuerdos. Una sociedad sana tiene que poder debatir sobre cualquier asunto, por espinoso que sea, abiertamente, sin tabúes, desde todas las perspectivas y dentro de un clima de confianza. Pero si la policía de la corrección política anda al acecho, atenta al menor indicio de disidencia, dispuesta a arrojar a la hoguera a cualquier sospechoso de herejía, ese clima es imposible. Así, lejos de lograr la integración, lo que se perpetúa es la exclusión, la polarización y el infantilismo.

En el caso del llamado “autobús del odio”, lo de menos es ya si el mensaje que se lanza desde él es correcto o incorrecto, falso o verdadero. La cuestión que nos revela una sociedad enferma, neurótica, extremadamente irritable, que no es capaz siquiera de tolerar el debate, que exige a la “autoridad” que lo erradique y convierta las ciudades en “espacios seguros”, lugares libres de cualquier manifestación que pueda herir nuestra sensibilidad. Y los políticos, siempre tan solícitos cuando se trata de demostrar sus relevancia, cumplirán nuestros deseos.

Sin embargo, si hay un síntoma de la crisis de la política es la incapacidad de los partidos para encauzar las diferencias y los desacuerdos dentro de un orden civilizado. Muy al contrario, los políticos llevan demasiado tiempo practicando el peligroso juego de la polarización, dividiendo a la sociedad en facciones irreconciliables, estimulando la proliferación de grupos de intereses de los que luego se valen para permanecer en su sillón, confundiendo derechos con sentimientos y animando a los ciudadanos a calificar de odio la discrepancia, el desacuerdo, la opinión contraria.

@BenegasJ & @BlancoJuanM

7 comentarios en “El “autobús del odio” o cuando la corrección política se nos fue de las manos

  1. Ya que el artículo trata sobre sentirnos libres al opinar, lo voy a hacer, y por supuesto lo voy a hacer con todo el respeto que pueda.
    Este artículo incita a confusión en todo su cuerpo. Desde sus primeras líneas se ve que pretende ser una oda a la libertad de expresión, pero hay errores… Varios.
    Por supuesto que es entendible que en una sociedad plural no todos los ciudadanos participen del mismo modo en el progreso, pero no es entendible la postura del “así soy yo, acéptenme”. Si Uds vive en una sociedad en la que sus ideas, sentimientos o ideales, rompen con el derecho al desarrollo personal de cualquier tipo, es Uds quien tiene un problema de adaptación y por lo tanto quien no está viviendo acorde al mundo que le envuelve. ¿Es eso un problema?. Obviamente. El progreso es algo que existe y obliga al ser humano al constante cambio, (queremos pensar los deontologistas que a mejor).
    Hace casi tres mil años la sociedad imperante de la Antigua Grecia creía firmemente que por natura había tres tipos de seres humamos: ciudadanos, no ciudadanos y esclavos. Una de las voces que empezó a resquebrajar esta idea fue la de Zenon de Citio alrededor del año 300 a. n. e, la pregunta es ¿Qué pasaría si a los sectores esclavistas del momento no hubiera fuerzas que los sacara de su error? ¿Como han quedado en la historia esas personas que se creían con el derecho de opinar que no todos lo hombres y mujeres habían nacido iguales?
    Sí, se puede opinar. No, no es preciso que te agraden todas las opiniones. Pero es imperativo que todos sepamos el respeto que merecen y ese derecho a ser respetado, señoras y señores, es superior a su supuesto derecho de expresarse libremente. No lo digo yo, lo dice la Constitución Española, artículo 14.
    El obligarnos mutuamente a mantener el decoro y la corrección política en el lenguaje diario tiene dos funciones importantísimas, ser símbolo de ese derecho del que gozamos todos al honor y ser guardián de que para las generaciones venideras esa “corrección política” sea tan normal como el entender que no hay esclavos en nuestro país y salvar a la sociedad futura del “cuñadismo profundo” que late en las calles y resulta tan dañino.
    Por último, que una sociedad ultracatólica monte un “autobús del odio” no es el drama, el drama es que gente crea que se puede “justificar” o “entender” eso como una oda a la libertad de expresión. No, señores, el mundo no funciona así. Lo que decía ese mensaje tenía muchas lecturas, en ese mensaje ponía “si eres hombre te han de gustar las mujeres, si eres mujer has de trabajar en casa, si eres negro te has de casar con una negra. Etc”. Afortunadamente la sociedad a hablado al respecto, nuestras instituciones (incluyendo a la derecha) han reaccionado al unísono, porque el progreso y el respeto no conoce de colores de partidos, es un tema que abarca a todos en una lenta y sacrificada lucha por un mundo más humano.

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    1. Don Pablo

      Lo que pone en el autobús es lo que pone. El cómo se quiera entender/leer es algo libre de cada uno.

      “Lo que decía ese mensaje tenía muchas lecturas, en ese mensaje ponía “si eres hombre te han de gustar las mujeres, si eres mujer has de trabajar en casa, si eres negro te has de casar con una negra. Etc”

      Eso lo dirá usted, pero yo que entiendo/leo es que dice que quien tiene que explicar a sus hijos los temas relacionados con la moral, la educaión, son sus padres, no unos adoctrinadores, bien en lo la cosa de género o bien en lo de si te tocas te quedas ciego.

      un cordial saludo

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  2. Yo también me siento muy identificado con lo escrito, pues muchas veces tengo que callarme ante mis compañeros de trabajo por no compartir lo políticamente correcto y ser tachado de ultracatólico u homófono.

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  3. La idea clave que el autobús plantea, no es quien tiene razón, sino poner en conocimiento de los padres – al levantar una voz en contra- las premisas que se están utilizando al educar a sus hijos, ignoradas por la mayoría, ocultadas por el Estado.

    En los debates televisivos nadie se plantea que lo que verdaderamente importa es esto: Los padres no tienen voz ni voto a la hora de educación de sus hijos, todos (en los debates) representando a grupos ideológicos cuya ambición es controlar las mentes de los menores…..repugnante.

    Entiendo que en una sociedad “infantilizada” tal como muy bien indican los autores casi todos los padres delegan en el Estado y sus acólitos (de dudoso valor intelectual y moral) los valores que les imbuirán y marcarán su vida.

    Al margen está lo obvio:
    Las consignas del Nuevo Orden Mundial, cuyas formas totalitarias son cada vez más evidentes.
    Las redes sociales como nuevo medio de persecución al pensamiento libre.
    La Ley del odio, una forma de totalitarismo insoportable.
    El dinero que se maneja en ong, asociaciones e instituciones estatales por alimentar ciertas consignas ….sin olvidar el que reciben los medios de comunicación, sino busquen ustedes qué medio está financiado por Soros, UE y grupos de poder……..y allí están todas las razones.

    Todos contra la Libertad, porque la Libertad implica aceptación de las consignas del otro pero no que las consignas del otro nos gobiernen.

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  4. Otra forma de hacer una dictadura, la dictadura que quemará los libros de biología junto con los libros de religión.
    En mi opinión la verdadera aceptación y normalidad entra en no alarmarse tanto y atacar ante la expresión que te parezca equivocada.
    La crítica y la opinión no daña si uno no esta ávido de ser dañado. Esta Irascibilidad social dificulta la superación de los que una vez sufrieron las diferencias en sus carnes y las convirtieron en logros que acallaron voces de ignorantes e hicieron a muchos, héroes, a través de la lucha en contra de su propia naturaleza. Las personas que nacen con vulva o pene nacen por decisión natural, la misma que nos da los cultivos ecológicos, hace que nazcan niños con enfermedades y grandes bellezas que tanto gusta ver en la tele. Entiendo que el mensaje quiere conseguir que se levanten las alarmas respecto unas normas sociales que hoy parecen tan impuestas como cuando los negros se esclavizaban y la mujer se quedaba en casa… No esta mal que así sea,¡¡discutamos!! eso siempre nos vuelve más cercanos, aunque solo sea para escuchar uno se arrima, al fin y al cabo gente en contra de la transexualidad existe en el mundo, no hay nada más humano que aceptar a todos los que estamos dentro del saco y escuchar.
    Luego con mi hijo, entre todo lo que ve y oye veremos que le conviene, porque ante la disconformidad con el cuerpo existen muchas salidas diferentes que mi hijo puede valorar libremente, si dejan que todas estén presentes y a mi y a su padre cómo guías donde apoyarse ante la dificultad que entraña ahora y siempre crecer.
    Encantada de descubrir lectura tan estimulante.
    Un saludo

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