Una sociedad moderna atenazada por el miedo

Juan M. Blanco

“Permítanme manifestar mi firme creencia: a lo único que debemos temer es al propio miedo, ese terror sin nombre, irracional e injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir el retroceso en avance”. Estas palabras de Franklin D. Roosevelt en 1933 resultan proféticas: una ola de temor infundado embarga a Occidente ocho décadas después.

Si escuchamos los medios de comunicación, o los comentarios en la calle, se diría que vivimos en un mundo repleto de riesgos y peligros, un entorno extremadamente inseguro

Si escuchamos los medios de comunicación del Mundo Occidental, o los comentarios en la calle, se diría que vivimos en un mundo repleto de riesgos y peligros, un entorno extremadamente inseguro, sin precedentes históricos. Miedo a morir, a enfermar, a ingerir alimentos que no son “naturales”, a la contaminación, a inevitables ondas electromagnéticas, a catastróficos accidentes. Temor a un enjambre de supuestos pederastas que acecharían a los niños en cualquier parque, colegio o en Internet. Pánico a los terroristas que amenazan un día sí y otro también nuestra seguridad. Terror a un pavoroso calentamiento global que anegaría ciudades enteras, un renovado Armagedón capaz de arrasar nuestra civilización desde los cimientos. Cualquier rumor, cualquier noticia dispara la alarma.

O pánico a hablar o escribir libremente opiniones o argumentos que contradigan la tiranía de lo políticamente correcto. Una notable autocensura que no responde a espeluznantes consecuencias, muy improbables; tan solo trata de evitar el posible repudio que el entorno aplica a los que marchan a contracorriente, a quienes rompen el tabú. Se trata en realidad de un injustificado miedo a lo que pudieran pensar los demás. El informador, el intelectual, el ciudadano medio, todos se han vuelto extremadamente temerosos, cobardes, asustadizos de su sombra.

Sin embargo, nunca fue nuestro entorno más seguro que ahora. Gracias al progreso técnico, los riesgos de enfermedad, muerte o accidente han disminuido considerablemente. Casi todos los miedos actuales son inventados, imaginados o exagerados, notablemente infundados en términos de probabilidad y riesgo. A más seguridad más temor: se extiende inexorablemente un pánico irracional que paraliza, condiciona la vida de mucha gente. ¿Cómo explicar esta paradoja?

Objetivamente, es infinitamente mayor el riesgo de infarto mortal que el de ataque terrorista. Pero el segundo amedrenta mucho más que el primero

Cerebro primitivo e información sesgada

En su libro, Risk: the Science and Polítics of FearDan Gardner considera que este miedo tan injustificado  es consecuencia de tres factores: la naturaleza de un cerebro humano formado en el Paleolítico, la dinámica de la información actual y la manipulación interesada por parte de políticos y grupos de presión. Como consecuencia, el sujeto comete colosales errores a la hora de estimar los riesgos. Por ejemplo, es infinitamente mayor el riesgo de morir por un infarto que por un atentado terrorista; pero el segundo amedrenta a la gente mucho más que el primero.

La evolución estableció una mente con dos sistemas para procesar la información, dos cerebros distintos, con funcionamiento muy dispar. El cerebro primitivo, patria del instinto, de las emociones, de los gustos, de los impulsos, funciona con gran celeridad de manera inconsciente. Trabaja en términos de bueno o malo, con una fuerte carga emocional y obtiene conclusiones con muy poca información. Aunque genera notables sesgos, resultaba muy útil para sobrevivir en entornos muy peligrosos. En el Paleolítico, era mejor asustarse y huir con celeridad ante la visión de un tronco flotando en el río que detenerse a evaluar si se trataba o no de un cocodrilo.

Como contrapunto también disponemos de un cerebro racional, patrimonio del pensamiento consciente y calculador, que actúa con mucha más lentitud, matizando o corrigiendo parcialmente las apreciaciones del cerebro primitivo. El problema es que pocas veces refuta la primera impresión: raramente contradice completamente la emoción, cuyos marcadores implican un fuerte anclaje. Sin el pensamiento racional, que requiere formación, tiempo y esfuerzo, un sujeto podría pasar la vida asustado de un tronco flotando en el agua.

Que  millones de personas finalicen el día sanas y salvas no es noticia capaz de vender periódicos o atraer televidentes

El hombre paleolítico adquiría el conocimiento sobre los riesgos de su propia experiencia y escuchando las historias que contaban sus compañeros. La mente evaluaba los peligros con un puñado de casos que reflejaban, con cierta aproximación, los peligros. Pero hoy día la información proviene básicamente de los medios. Y se encuentra muy sesgada pues las noticias de sucesos son por definición excepciones: caso contrario no serían noticia. Así, la parte primitiva del cerebro tiende a considerar las muertes violentas, los accidentes catastróficos, los ataques terroristas como algo común, bastante probable, aunque sean, por suerte, fenómenos extremadamente raros desde el punto de vista estadístico. Desgraciadamente, la machacona repetición mediática los hace parecer muy frecuentes. Por el contrario, los medios no suelen reflejar lo más común, la vida cotidiana: que millones de personas finalicen el día sanas y salvas no es noticia capaz de vender periódicos o atraer televidentes.

Demasiado fácil asustar, manipular, engañar

La parte primitiva de nuestro cerebro percibe mucho más peligro en los sucesos causados por la humanidad que en los generados por la propia naturaleza. Suscita enorme pavor la energía nuclear pero mucho menos los volcanes, los rayos, o la caída de meteoritos. Produce horror el calentamiento global si está generado por la actividad humana pero mucho menos si se trata de un fenómeno natural. Una apreciación un tanto irracional pues, llegado el caso, las consecuencias serían idénticas. Pero existe una explicación. Nuestro instinto tiende a inflar considerablemente los peligros que contienen carga emocional, es decir, aquellos en los que existe un malo a quien culpar. Los interesados difusores de la información conocen muy bien estos mecanismos y los aprovechan intensamente en su beneficio.

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Así, resulta muy fácil asustar, manipular, engañar con un señuelo a la parte primitiva y emocional de nuestro cerebro. Salir del engaño, descubrir la verdad, juzgar con objetividad, requiere asimilar, ordenar, procesar con rigor grandes cantidades de información: un enorme esfuerzo de análisis y racionalización que pocas personas están dispuestas a acometer. Naturalmente, hay grupos que se aprovechan de ello. Los políticos compiten por asustar a los votantes, una política del miedo dirigida a justificar su intervención en cualquier aspecto de la vida ciudadana, a inflar el presupuesto con partidas innecesarias para el ciudadano. Ciertos grupos de presión consiguen apoyo, ventajas, prebendas. Otros  encuentran en el extendido temor un caldo de cultivo estupendo para vender modernas religiones laicas, predicadoras de un cercano Apocalipsis, esos nuevos “ismos” siempre dispuestos a salvar a la humanidad a un precio asequible.

La sociedad se infantiliza, el lenguaje se simplifica y la fuerte corriente impulsa a los diarios a potenciar el contenido de magazine

Asistimos a un proceso de conformismo creciente, de contagiosa pereza mental, en el que demasiados individuos quedan anclados en la primera impresión, el impulso, el sentimiento, la emoción, sin molestarse en dar el siguiente paso. La sociedad se infantiliza, el lenguaje se simplifica y la fuerte corriente impulsa a los diarios a potenciar el contenido de magazine, dirigido a la parte más primaria del lector, mientras relegan el debate, el pensamiento, el razonamiento.

Es necesario preservar la capacidad crítica, mantenerse escéptico ante informaciones alarmistas, tomar conciencia de que los políticos, los medios y ciertas organizaciones tienen especial interés en aventar con profusión la fragua del miedo. Es imprescindible recopilar información fiable y procesarla para formarse una idea cabal de los verdaderos riesgos. Y tener siempre presente que el cobarde muere muchas veces; el valiente sólo una.

@BlancoJuanM

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