Una radiografía de la corrupción en España

Juan M. Blanco

Es el 21 de septiembre de 1981; han pasado dos años desde las primeras elecciones locales de la democracia en España. Son las 9 de la mañana y el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Madrid acaba de comenzar su reunión semanal. Sin ningún punto conflictivo en el orden del día, nadie puede prever la tormenta que está a punto de desencadenarse. Alonso Puerta, 37, segundo teniente de alcalde es un político ambicioso, enfrascado en esas intestinas luchas de poder que caracterizaban al Partido Socialista de la época. Antes de que el alcalde pueda iniciar el primer punto, Puerta se salta atropelladamente el turno para exigir el cese fulminante de los concejales de Hacienda y Saneamiento, ambos de su partido. El silencio y la estupefacción se adueñan de la sala. El destacado edil prosigue: “están cobrando comisiones ilegales por la concesión de la contrata de recogida de basura”. El encendido tono del discurso logra sacar de su impostada indiferencia al alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, que con su habitual retranca y aire de superioridad, mirando a su subordinado por encima de sus lentes interrumpe: “Sosiéguese, Puerta, debe usted recapacitar sobre sus palabras. Se diría que ha desayunado tigre”.

La respuesta de Tierno era muy significativa. No se interesó por las pruebas ni preguntó detalle alguno. Simplemente manifestó su desdén ante la salida de tono de su compañero, supuestamente aireando trapos sucios para perjudicar al sector rival del partido. Todos en la sala sabían muy bien que las comisiones ilegales por adjudicación de contratas, o por recalificación del suelo, constituían ya el funcionamiento habitual de las administraciones locales. Y también que estos ingresos se repartían alícuotamente entre los partidos representados de manera que, salvo riñas o enemistades personales, no se producirían denuncias desde el interior de las instituciones.

Meses después, Puerta fue expulsado de su partido. Los presuntos corruptos permanecieron en sus cargos y sus mentores llegaron a alcanzar puestos de mucha relevancia en la política española. El caso nunca fue investigado en profundidad y la prensa dio pronto carpetazo al asunto.

Una corrupción bien organizada

El régimen de 1978 había surgido de un pacto tácito entre los partidos y la Corona para repartirse el poder y, de paso, financiarse vendiendo favores desde las instancias del Estado. Las diferencias políticas e ideológicas no serían obstáculo mientras la vaca diese leche suficiente para generar suculentas mordidas y comisiones para todos. Los suculentos ingresos irregulares se repartirían equitativamente entre formaciones, así nadie caería en la tentación de descubrir el pastel. Para favorecer el opíparo banquete, los partidos fundadores irían desactivando los controles, desmontando los contrapesos, domesticando la prensa libre. Pavimentando un atajo que condujese aceleradamente a un sistema clientelar, de intercambio de favores.

El Régimen de 1978 sustituyó la antigua corruptela de carácter personal y artesanal por una corrupción organizada por los partidos, donde quien otorgaba el favor y quien cobraba la mordida eran personas distintas sin conexión aparente

Aunque siempre fue un mal endémico de la política española, el régimen de 1978 iba a introducir una nueva dimensión en la corrupción. Atrás quedaría esa corruptela de carácter individual y artesanal, donde la misma persona prevaricaba, cobraba la mordida y disfrutaba el cohecho. Una tarea arriesgada pues resultaba relativamente fácil probar la conexión entre el privilegio concedido y el dinero embolsado. Los nuevos tiempos exigían una moderna división del trabajo: el favor otorgado y el cobro de la comisión se realizarían por personas distintas, sin conexión entre ellas. Se trataba de separar en el espacio, e incluso en el tiempo, la prevaricación del cohecho. El dinero llegaría a través de complejos vericuetos hasta las arcas del partido. Esta corrupción organizada, que fue adoptada rápidamente por los partidos del pacto, era mucho más ventajosa: si nadie cantaba, resultaba casi imposible descubrir incluso la mera existencia de los delitos. El objetivo era garantizar a las grandes formaciones enormes recursos, una notable ventaja comparativa con la que perpetuar el cerrado sistema de turnos

Cuenta Mario Conde en “Los días de gloria” que, en 1987, una vez acordada la venta de la empresa Antibióticos S.A. a un grupo italiano por 450 millones de dólares, sólo le restaba la preceptiva autorización del gobierno español, que se negaba a concederla. Por fin, un contacto en Italia le informa de que bastaría con un pago de dos millones de dólares. El abono de este importe resultó muy eficaz: al poco tiempo el gobierno español cambió de opinión y autorizó la venta sin condición alguna. Este ejemplo ilustra muy bien el funcionamiento de la corrupción organizada. Ningún miembro del gobierno solicita directamente el pago por la autorización, ni se embolsa el dinero. La decisión de permitir la venta, o denegarla, entra dentro de sus atribuciones discrecionales. Y abono se realiza a un contacto en Italia, sin relación demostrable alguna con el ejecutivo español. Ninguna conexión podría encontrarse entre los dos hechos aunque el dinero fluyera con presteza a las arcas de los partidos. Los casos descubiertos serían fruto de la casualidad, la traición o la delación: un trabajador del partido despedido, una amante despechada etc.

El nuevo sistema indujo a participar en la corrupción a muchos militantes o dirigentes de partidos que, en condiciones normales, nunca se habrían involucrado

El nuevo sistema indujo a participar en la corrupción a muchos militantes o dirigentes de partidos que, en condiciones normales, nunca se habrían involucrado. Dado que sólo tienen acceso a uno de los múltiples resortes del complejo proceso, carecen de visión de conjunto. A duras penas perciben que se trata de un colosal latrocinio; como mucho de una limitada corruptela. Al no beneficiarse personalmente, muchos pierden la conciencia de actuar incorrectamente. O se justifican pensando que se trata de una buena causa, de una ayuda al partido que defiende sus ideas. Incluso pierden la perspectiva, la noción del bien y el mal,  al observar que el cobro de comisiones era omnipresente: no podía ser tan malvado un juego en el que participaba todo el mundo, desde el Rey al concejal. Pero la financiación de los partidos partido no era el único objetivo del esfuerzo corruptor, ni siquiera el principal: gran parte del formidable caudal fluía puntualmente a las cuentas privadas de los dirigentes con el fin de garantizarse un capital suficiente al abandonar la política.

A pesar de su organización, el sistema no iba a estar exento de dificultades y contratiempos. Al principio, el tráfico ilícito se realizaba mayoritariamente en efectivo, el llamado tráfico de maletines. Sin embargo, aprovechando que no existían recibos ni facturas, algunos intermediarios detraían cantidades demasiado abultadas. Ello condujo a la adopción de métodos mucho más complejos, como la creación de sociedades fantasma o las transferencias a depósitos en paraísos fiscales o en países con secreto bancario que, aún resultando más peligrosos, reducían considerablemente la pérdida de dinero en cada escalón. Las cuentas podían abrirse a nombre de algún miembro del partido, que sería compensado adecuadamente por el riesgo corrido.

Por otro lado, las relaciones dentro del entramado corrupto se hicieron cada vez más implícitas y sobreentendidas, apareciendo hábitos y reglas que todos los involucrados debían conocer. Era ya relativamente frecuente pagar por favores futuros, todavía sin concretar, o meramente por obtener una buena relación con el poder, que podría resultar rentable más adelante. Apareció la figura del intermediario, persona que representaba a una de las partes aunque, dado lo opaco del negocio y la ambigüedad de su lenguaje y credenciales, en ocasiones podía ser un impostor, tal como ocurrió con el conocido como pequeño Nicolás.

Quizá el plan original limitara estas depravadas prácticas a la financiación de los partidos, pero una vez la bola comenzó a rodar, nadie pudo, quiso o intentó frenarla. Aventureros y aprovechados descubrieron rápidamente que la ausencia de controles, la pasividad de la ciudadanía y las ubicuas prácticas irregulares, constituían un fantástico caldo de cultivo para enriquecerse a costa del contribuyente. Algunos organizaron tramas de enriquecimiento al margen del partido, aprovechando un entorno especialmente propicio: no hay mejor lugar para esconder un árbol… que dentro de un tupido bosque.

La financiación de los partidos se convirtió en la excusa, la enorme coartada que ocultaba un ingente flujo de dinero a bolsillos privados. Un latrocinio que, por acción u omisión, salpicaba a toda la clase política. Todo el sistema acabó sucumbiendo a una irresistible corriente que primaba el favor sobre el mérito, el privilegio sobre el derecho, el clientelismo sobre transparencia. Los dirigentes difuminaron a su antojo la frontera que separa lo público de lo privado con la complicidad de una prensa oportunamente silenciada por el vil metal.

No paguen ustedes comisiones ilegales… ¡por favor!

En abril de 1991, el ministro de Obras Públicas, José Borrell, fue protagonista de una curiosa historia que causó cierto revuelo… pero ningún escándalo ni, por supuesto, actuación alguna de la fiscalía general del Estado. El político catalán, preocupado por la corrupción que rodeaba a la obra pública, reunió en su oficina a los presidente de las grandes constructoras para exhortarles a no pagar comisiones a los partidos políticos para obtener concesiones de obras. Era una delicada manera de admitir que allí todo el mundo sobornaba o era sobornado. La crónica del diario El País lo expresaba con nitidez: “esta corruptela está extendida en todos los niveles de la Administración: estatal, autonómica y municipal. En medios próximos al sector de la construcción se admite como una práctica corriente el pago de comisiones, que oscilan del 2% al 4% del valor de las obras, para la obtención de contratas“.

Sin embargo, fuera correcta o retorcida su intención, la llamada a capítulo de Borrell estaba destinada al fracaso. Un iniciativa así podría funcionar en un entorno de corruptela excepcional pero no en un universo donde la corrupción constituye la costumbre asentada, el equilibrio tácito de connivencia entre partidos y empresarios cercanos al poder. Imaginen ustedes la expresión de estupefacción de cada uno los presentes y su incredulidad: “si de verdad quisieran acabar con las corrupción no enviarían cobradores o intermediarios; y, si yo me niego a pagar, lo harán los demás y yo me quedaré sin contratas”.  Naturalmente, la decisión individual “óptima” era continuar con el procedimiento habitual. Tres años y medio después, inasequible al desaliento, Borrell se vio obligado a insistir, esta vez en un acto público. De nuevo, nadie tomó en cuenta sus palabras:  la insana costumbre se conservó invariable hasta nuestros días experimentando, solamente, incrementos en la tarifa.

La ineficacia de las medidas anticorrupción

El problema es que, una vez establecida, no hay medidas, leyes, palancas, botones o parches puntuales capaces de contener la corrupción institucionalizada. De nada sirve aumentar las penas pues, en la práctica, nadie vigila al vigilante. Ni crear nuevos órganos de supervisión porque, tarde o temprano acaban arrastrados por la perversa corriente: cualquier órgano de supuesta fiscalización se compondrá invariablemente de sujetos nombrados por los partidos. Ni cambiar a los gobernantes podridos por otros supuestamente honrados pues los incentivos perversos permanecen y la naturaleza humana resiste mal las tentaciones. Las medidas anticorrupción convencionales no funcionan en un marco donde la corrupción no es individual, sino estructural, donde la línea de demarcación entre justos y pecadores no es nítida sino borrosa, donde el latrocinio es consecuencia de un sistema de prebenda y privilegio, donde la posición de cada uno no depende del mérito y el esfuerzo sino de los favores del poder, unos favores que hay que pagar.

La judicatura no es en España un colectivo puro e inmaculado, investido de un halo de santidad. Ni está exenta de conflictos de intereses. La corrupción no es privativa del ejecutivo y el legislativo: también se acabó contagiando a una parte del poder judicial

Las medidas anticorrupción convencionales sólo pueden atajar una corruptela individual y excepcional. Surten efecto cuando el sistema es, en su mayor parte, limpio y honrado, cuando existen organismos capaces de controlar, detectar, denunciar y procesar a una minoría de pícaros y tunantes. Pero no en un universo donde la deshonestidad constituye la costumbre asentada, en un sistema donde el supuesto vigilante también es corrupto. La independencia del poder judicial es necesaria, sí, pero no suficiente para resolverlo. La judicatura no es en España un colectivo puro e inmaculado, investido de un halo de santidad. Ni está exenta de conflictos de intereses. La corrupción no es privativa del ejecutivo y el legislativo: también se acabó contagiando a una parte del poder judicial. No en vano, incesantes rumores avisan sobre turbios enjuagues en la justicia, entre ellos oscuros nombramientos de administradores concursales cercanos al propio juez.   

En realidad, el intento de separar los políticos culpables de los honrados, el grano de la paja, responde a una concepción errónea de la corrupción. Un camino que lleva a confundir las causas de este colosal latrocinio. Cada dirigente no se corrompe de forma individual, no toma tal decisión aislado de su entorno, consultando en solitario a su conciencia. Ni actúa en un imaginario universo neutral donde coexisten en armonía buenos y malos, justos e infames, como en la escuela hay niños obedientes y traviesos.

No es que el sistema sea corrupto; es que la corrupción es el sistema

El entorno político teje una tupida malla donde casi nadie actúa por su cuenta sino en connivencia con muchísimos otros. O cubierto por acciones ajenas. Señalar con el dedo a los que han sido imputados como corruptos, y exonerar al resto como justos, conduce al absurdo pues la corrupción no se encuentra tanto en las personas concretas como en el sistema, en esas perversas e informales reglas. Y en la nefasta organización institucional. En un entramado donde, con muy diferentes grados de implicación, existen pocos inocentes. No es que el sistema sea corrupto; es que la corrupción es el sistema.

La corrupción se contagia al resto de la sociedad

La corrupción, aun intensa y grave, parecía limitada a las alturas, circunscrita a la clase política. En España, pensaban, la podredumbre no bajaba a ras de suelo ni contaminaba otras instancias. Nada parecido a esos países donde el ciudadano debe pagar mordidas cada vez que se cruza con algún funcionario o agente de la autoridad. Pero se trataba de un mero espejismo. Semejante grado de putrefacción siempre se contagia, se expande, se filtra por todos los recovecos, emponzoña todo los ámbitos. Los abominables métodos se desparramaron por todo el Estado, se trasladaron a la sociedad civil por la tolerancia interesada y el ejemplo, unas vías de contagio que multiplican y esparcen los gérmenes patógenos por doquier.

Las grandes empresas, pagadoras de comisiones, comenzaron a primar las relaciones con el poder, el intercambio de favores, en detrimento de la eficiencia o la buena gestión. El éxito no provendría del talento o la innovación sino de una legislación favorable, cortada a medida por un diligente sastre que pasaba la factura por adelantado. Demasiados funcionarios callaron ante lo que acontecía delante de sus narices y los pocos que alzaron la voz sufrieron represalias. Y, gracias a las subvenciones por cursillos de formación la patronal y los sindicatos entraron por la puerta grande de la corrupción.  

El sistema llega incluso a tolerar la corrupción de ciertos individuos para componer los famosos dossiers, esos documentos que servirán para airear trapos sucios o ejercer un chantaje

En un régimen pervertido hasta la médula, el poder se vale de cualquier método, por muy sucio que sea, para doblegar voluntades. Llega incluso a tolerar la corrupción de ciertos individuos, a hacer la vista gorda para tomar nota, recabar la información pertinente y componer los famosos dossiers, esos documentos que servirán para airear trapos sucios o ejercer un chantaje. El procedimiento cobra especial gravedad cuando se trata de doblegar la voluntad de jueces. Los manejos de Luis Pascual Estevill, un juez que utilizaba la amenaza de prisión para exigir a los acusados grandes cantidades de dinero, eran bien conocidos en los años 90 y, a pesar de ello, fue nombrado vocal del Consejo General del Poder Judicial. ¿A pesar de ello? No, probablemente por ello. Manejable es aquél que tiene mucho que ocultar.

Desgraciadamente, la sociedad no es inmune a los mensajes implícitos, a los perversos incentivos que rezuma el sistema. Hay que tener mucha convicción, entereza y fuerza de voluntad para cultivar la honradez, los principios o el juego limpio allí donde el amiguismo, la relación personal, el enchufe, la trampa, la arbitrariedad y el peloteo son las únicas vías para medrar.

La corrupción generalizada como síntoma

Las medidas anticorrupción no funcionan en un entorno donde esta se encuentra generalizada porque solo atacan los síntomas, no la verdadera causa de la enfermedad. Aun existiendo granujas natos y personas de honradez a toda prueba, la actitud de la mayoría depende del ambiente, de lo que observa en el resto. Muchos tienden a sucumbir a la tentación cuando esperan que los demás también se tuerzan. Pocos se animarán a denunciar: quien lo intenta no sólo pierde los suculentos beneficios, también corre el riesgo de sufrir represalias.

Por eso, la corrupción sistémica es una perniciosa institución informal, un conjunto de reglas que suplanta a las leyes, un equilibrio muy robusto que se fundamenta en las expectativas de los implicados: es muy difícil que un participante cambie su estrategia si espera que el resto siga actuando así. Hay pocos incentivos para que un gran empresario deje de pagar comisiones si piensa que las demás empresas continuarían sobornando y que su corporación quedaría fuera del negocio.

La corrupción generalizada no es realmente la enfermedad sino un síntoma de otros males mucho más profundos

La corrupción generalizada es especialmente escurridiza, muy resistente a los antibióticos, porque no es realmente la enfermedad sino un síntoma de otros males mucho más profundos. Es el reflejo de un sistema de acceso restringido, un marco basado en privilegios, relaciones personales e intercambio de favores. Por eso, para abandonar el régimen de latrocinio son inútiles los cambios parciales o timoratos. Las reformas deben ser profundas intensas, radicales, continuadas. Deben transformar las expectativas de la gente, su percepción del comportamiento de los demás, ser capaces de superar la enorme inercia, catapultar el sistema a una órbita distinta: a un sistema de libre acceso con instituciones objetivas, relaciones impersonales, mecanismos de selección basados en el mérito, el esfuerzo, la buena gestión y la capacidad de innovación. La corrupción no forma parte de nuestra cultura, de nuestra forma de ser: puede ser dominada con una profunda reforma política, un cambio drástico en las reglas del juego que transforme radicalmente esas expectativas. Sólo un decidido impulso, una potente volea, es capaz de catapultar la esfera institucional al equilibrio opuesto.

@BenegasJ & @BlancoJuanM

 

13 comentarios en “Una radiografía de la corrupción en España

  1. Un lector me envía su experiencia sobre corrupción en España, que reproduzco a continuación:

    “En 2007 alquilé un local en Madrid para montar allí un restaurante. El dueño, que acababa de comprar el local, me informó de que había pagado la preceptiva mordida a los técnicos del ayuntamiento para tramitar la licencia de la terraza, que seguía, junto con la licencia de actividad del restaurante, su interminable periplo por los despachos municipales. El local, de unos 600 m2, estaba montado siguiendo escrupulosamente todas las normativas aplicables: ruidos (aislamiento de columnas y techos), pintura ignífuga, salidas de emergencia, doble puerta de entrada, alturas, separación de estancias en cocina y un largo etcétera. Pues bien, al poco de comenzar la actividad recibí la visita de un autodenominado técnico del ayuntamiento, que me informó de que la licencia de la terraza no estaba en orden, que había que presentar un nuevo plano de disposición de las mesas y que era necesario un nuevo pliego técnico que se ofreció él mismo a redactar, a cambio de 6.000 €. Llamé al dueño del local y comprobé que era la misma persona a la que se le había abonado la mordida correspondiente (12.000 €, en dos pagos) para agilizar la licencia. Dicho esto, quedé a comer con él y le di largas, recordándole que el dueño del local contaba ya con un pliego técnico suyo que parecía cumplir todos los requisitos. Nos despedimos, y en los siguientes meses tuve varias denuncias: por ruidos, por la habilitación de los aparcacoches, por contratar a personal sin contrato, inspecciones de sanidad, e incluso una por legionela en la torre de refrigeración del aire acondicionado. Un conocido del sector, que había tenido tratos con el mismo técnico, me dijo que finalmente había llegado a un acuerdo por un tema similar por 3.000 € + arreglar los papeles de residencia (por berlanguiano que resulte) a una prostituta contratándola como camarera en su local, y me informó de que era peligroso seguir en mi negativa a pagar. El asunto es que el local ya me estaba dando todo tipo de problemas, y cuando estaba a punto de llegar el verano ni siquiera tenía el dinero para pagar el soborno, aunque tampoco lo hubiera pagado de haberlo tenido. Finalmente, en junio, recién abierta la terraza (que esperaba relanzara el negocio), no habían pasado dos semanas cuando me llamó el encargado para decirme que se había presentado un furgón de la policía municipal, había desalojado a los comensales que había comiendo en la terraza, la habían cargado en el furgón y se habían marchado dejando una copia de la correspondiente denuncia. Era una denuncia no por falta de licencia (estaba en trámite en ese momento) sino por falta de homologación del mobiliario empleado. Alegué mostrando el certificado de homologación del fabricante a las exigencias municipales y el pliego técnico que me habilitaba para tener el número de mesas que efectivamente tenía, pero no sirvió de nada. Perdí el dinero de la terraza (que nunca he recuperado, debe seguir en algún almacén municipal), y pasado el verano cerré el local, que a ya acumulaba deudas. A partir de ahí empezó el segundo calvario, que le ahorro. En definitiva, pocos después, con el local ya cerrado en una zona bastante centrica, seguía pagando el alquiler y fui incapaz de traspasarlo, incluso gratis, hasta que finalmente el intermediario de la inmobiliaria que me llevaba el traspaso me dio a entender que el local estaba en el punto de mira del ayuntamiento, y que ese era el motivo de la falta de interesados. Conocí, por cierto, a otro empresario con una situación similar. Entonces llegué a un acuerdo con el dueño para resolver el contrato de arrendamiento y me desentendí definitivamente del tema. Irónicamente, poco después me notificaron para que acudiera a una oficina municipal a recoger la licencia definitiva de actividad, un despachito con expedientes apilados en todos los rincones hasta casi tocar el techo. Sólo añadir que el hombre que me pidió el (segundo) soborno es un miembro señalado del Colegio Oficial de Peritos e Ingenieros Técnicos Industriales. Como le digo, hay mucho más que contar, pero valga esto para dar fe de que la corrupción no es cosa del pasado. Sigue activa y en buen estado de forma.”

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    1. Terrible y claro comentario de que es loq ue la corrupción “de baja intensidad” significa en España.

      Si hubiera ocurrido en el País Vasco o en Cataluña en Madrid dirían que le ocurrió por no ser nacionalista. Pero cómo ocurrió en Madrid la oficialidad madrileña se hará la loca.

      De lo que podemos estar seguros es de que si existe un “problema” vasco o catalán, que no se ha podido resolver pese a lo obvio de lo que pasa allí, es precisamente porque viene cómo anillo al dedo para encubrir precisamente loq ue ocurre en Madrid, como el caso en que se nos expone.

      Lo mismo en las otras 14 Taifas. Y sus subdivisiones en municipios.

      Muchas gracias por exponer el caso, y entiendo la prevención de no dar mas detalles, porque esa gente no se anda con chiquitas.

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  2. Lo que reafirma mi comentario en otra entrada: cuanta mayor sea la regulación, mayores son las oportunidades de corruptelas (cuantitativas y cualitativas) y, por lo tanto, mayor es la corrupción que existe.

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  3. “… Las reformas deben ser profundas intensas, radicales, continuadas. Deben transformar las expectativas de la gente, su percepción del comportamiento de los demás, ser capaces de superar la enorme inercia, catapultar el sistema a una órbita distinta: a un sistema de libre acceso con instituciones objetivas, relaciones impersonales, mecanismos de selección basados en el mérito, el esfuerzo, la buena gestión y la capacidad de innovación.”

    Completamente de acuerdo, pero… ¿Cómo lo conseguimos?

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  4. La corrupción y nuestro sistema político son lo mismo, una cosa y otra van unidos, la dictadura partidocrática funciona así. Sus objetivos son el reparto de poder y del erario público, no hay más.

    La democracia real, nada que ver con el régimen que gobierna España, es aquella en la que los individuos controlan a las instituciones del Estado y no al contrario; por tanto asumamos que vivimos en una dictadura de partidos, sin medias tintas, vivimos en una dictadura en la que “nos sacan a votar” haciendo una burla similar a esas fiestas donde los niños gobiernan por un día, bueno…ni eso.

    Y asumiendo esto veamos las posibilidades…desde luego pedir a aquellos que forman parte del sistema, y por tanto se benefician de él, que lo desmantelen es ….de risa.
    Además los que gobiernan se han rodeado de “pretorianos”, grupos de interés que deben mantener el sistema para su propio beneficio….unos cuantos millones.

    Personalmente creo que en este país, con su deriva más y más estatista, lo más que se puede hacer y no sin riesgo, es una cuña en el pensamiento único, esperando que la ruina completa a la que llegaremos en algún momento haga buscar más allá; desgraciadamente somos un país tan encantado con los totalitarismos de todo tipo y tan sumamente fanático de sus grupitos que antes matará al vecino que mirar más allá de sus narices.

    Magnífico artículo, felicidades Sr. Blanco.

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  5. Simplemente comentarle dos cosas Sr. Blanco, con el ánimo de completar su excelente artículo.

    1/Respecto al caso Urdangarin.
    Sorprendió, aunque no mucho, las clarividentes palabras de Rajoy respecto a que “a la Infanta le irá bien”.

    Lo que se adivinaba era no la preocupación de Rajoy por la Infanta, y que ello pudiera afectar a la Monarquía, y de ahí a la estabilidad institucional, y bla, bla , bla.. lo que se adivinaba, dirimía, visto lo que ha pasado, es algo muy importante; y es “mucho cuidado con quien se atreva a meterse contra la corrupción porque va a tener que tener en cuenta dos cosas” :
    1ª) Visto que a quien le ha ido peor ha sido a Matas (Mallorca) mientras que a los de Valencia y Madrid se han librado. Matas ha sido condenado por levantar la liebre (para justificar los excesos de gastos en obras publicas variadas) mientras que en los otros casos se les ha aceptado que se hicieran los locos de manera vergonzosa. Se deduce una PRIMERA LECCIÓN: SI TE PLLAN NIÉGALO, NO COLABORES JAMÁS CON LA JUSTICIA, Y LLEGADO EL MOMENTO TE APOYAREMOS.

    2ª) Vista la condena en costas, algo increíble, que supondrá la ruina de la acusación, pagar a Roca no debe ser barato. Se deduce una SEGUNDA LECCIÓN. SI ACUSAS PREPÁRATE PORQUE TE VAMOS A ARRUINAR

    Con este par de consideraciones quien tenga narices de llevar acusaciones en casos de corrupción lo lleva claro.

    2/Respecto a otras corrupciones de muy altos vuelos.

    Hace un tiempo supimos de una sentencia que condenaba al Estado a indemnizar a una importante constructora por no poder disponer de unas bolsas submarinas para usarlas como depósito estratégico de gas. La cantidad fue muy importante, me parece que 1.350 millones de €.

    ¿Nos creemos que fue algo limpio?

    Lo mismo con otra de hace muy poco respecto a unas autopistas, indemnización porque el tráfico no llegó a lo establecido.. con un pliego de condiciones que no resistía un análisis jurídico mínimo .

    ¿Nos creemos que ese pliego no se redactó precisamente así por eso?

    Lo mismo con unos miles de millones de € condonados a Cuba por no se sabe muy bien que.

    Etc, etc, .. nos creemos, visto el caso del Sr del bar de Madrid (un pecata minuta al lado de lo sugerido) y los otros expuestos por el Sr Blanco que de ese dinero, y en esas circunstancias un parte no se irá, a saber donde y de que manera.

    Todos esos créditos al desarrollo a países tercermundistas que al final no se sabe que pasa con él, ¿Nos creemos que es sólo para “engrasar” la maquinaria local (es decir la exótica)? o no se utilizarán también para mas cosas.

    “Conocida” la manera de hacer sus business de Campechano, ¿Nos creemos que era el único? (es decir, si es tan idiota para saber que él iba a ser el único, pues no lo creo).

    En fin Sr Blanco, muchas gracias por exponer estos temas en el blog de ustedes. Temas que jamás se podrían exponer en medios mas masivos.

    un muy cordial saludo

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  6. Gracias por el articulo Sr Blanco, y muy interesantes los comentarios.
    Quiero mencionar que estoy de acuerdo de que la corrupcion no esta en nuestra cultura, aunque los europeos del norte piensen que si, esta en las capas dirigentes que la ultilizan para su riqueza y mantenerse en su puesto.

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  7. El mejor análisis de la corrupción que he leído. Es verdad que siempre hubo corrupción y corruptelas. Pero casi siempre era a título individual, con algunas excepciones, como aquellas “astillas” que espabilaban asuntos en los juzgados o las “bufandas” que agilizaban expedientes en algunos ministerios.
    Pero lo de ahora es otra cosa. Y este texto lo describe muy bien.

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  8. De lo mejor que he leído sobre el tema.

    Destaco dos puntos:

    1/ La infección a jueces y fiscales. Y CyFSE. Esta estructura consolidada opera como un todo. De tal forma que aquellos que denuncien la corrupción pueden verse en una pesadilla de mal pronóstico.

    2/ La corrupción va de arriba a abajo. El modelo de saqueo institucionalizado vicia la sociedad entera. Pero se inicia en la cabeza. No por el pie.

    3/ Los medios de comunicación, con sus lógicas excepciones, son ya una extensión de la estructura. Tanto es así, que denunciar a un medio un caso puede significar que la información fáctica llegue a conocimiento de los denunciados.

    La situación es gravísima. La degradación es transversal y profunda. E impune.

    España se ha metido en un modelo del que es muy complicado salir en este estadio de degradación. Posiblemente ni con los 350 diputados del hemiciclo en manos de partidos reformistas como Vox, Cs, UPyD o P-LIB, y con sus mejores hombres, se pueda ya revertir esta cloaca.

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    1. hola Derondat

      La ventaja de 350 hombres libres y decentes es que podrían:
      -reformar el sistema electoral
      -liquidar las Taifas

      Que son dos de las piedras angulares sobre las que pivota la corrupción. Hay mas, lo se, pero con un sistema electoral a la francesa (y por mucha corrupción que haya en Francia) el mal se empieza a acotar.

      Y sin Taifas se queda sin base clientelar también gran base de la corrupción, sobre todo la mas asociada a una banderita, la que que está dispuesta a perdonar por que lo hacen por la Taifa.

      Lo que no se essi antes de lograrlo tendríamos un Tejerazo o otro 11M mas.

      Por cierto y hablando del 11M. Contar a nuestros ciudadanos que es lo que pasó de verdad ese 11M podría ayudar y mucho a que algunos renuentes se dieran cuenta de que estábamos hablando cuando hablamos del largo brazo de la corrupción y porque es necesario cambiar tantas reglas del juego…

      un cordial saludo .

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  9. Buenos ojos te lean, Derondat. Aunque creo que no andas descaminado, a lo mejor no hay que perder del todo la esperanza.
    Y digo esto porque, al menos ahora, existen formas y medios, como este blog, para hablar sobre el asunto y denunciar la situación. Antes la omertá era total.
    Es verdad que lo de los establos de Augías era una mariconada al lado de esto, pero no hay que perder la esperanza de que estos pequeños regatos de rebeldía confluyan en una corriente mayor.
    Y no me refiero a la de lodo totalitario que algunos venden como el crecepelo liberador. No.
    Tú ya me entiendes. Y el resto, creo, también.

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