Cómo le manipulan los políticos a través de la televisión

Juan M. Blanco

A lo largo de la historia, los gobernantes siempre intentaron manipular la imagen que proyectaban hacia sus súbditos. Ya lo advertía Maquiavelo al Príncipe, hace cinco siglos: “En general, los hombres te juzgarán más por la apariencia que por la realidad; porque todos te ven pero muy pocos te tratan. Y estos últimos no se atreverán a contradecir la opinión de la mayoría“. Así, las carencias de los poderosos, sus humanas debilidades, las bajas pasiones, se intentaban disimular tras un aspecto solemne, distante, adusto, una vía para crearse un sólido carisma entre el pueblo llano.

Aún así, gracias a determinados chismosos y maledicentes, los defectos saltaban a veces al conocimiento público. Y algunos nobles, reyes, príncipes fueron bautizados con crueles sobrenombres o acabaron retratados en coplillas poco caritativas que circulaban por fondas y tugurios.

Sin embargo, este tipo de imagen seria, severa, cambia con el advenimiento de la televisión. Ahora el gobernante prefiere justo lo contrario: ofrecer un rostro desenfadado, campechano, risueño. Hubiera sido inimaginable un busto de Julio Cesar o un retrato de Napoleón sonriendo o riéndose. Pero hoy pocos líderes tienen reparo en acudir a cualquier programa televisivo por dudosa que sea su calidad, y comportarse campechanamente con tal de llegar al gran público. El mero hecho de aparecer en la pequeña pantalla constituye un argumento de autoridad, una aureola que ofrece credibilidad a los ojos de la gente. Y, al contrario que en el pasado, tienden a descuidar el fondo, las ideas para preocuparse, más bien, por la difusión de su imagen.

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