La era del sentimentalismo salvaje

Francisco José Contreras

En las elecciones españolas de 2015, el líder de PodemosPablo Iglesias, habló de niños que rebuscan en la basura y tiritan en aulas sin calefacción… y rompió de largo el techo histórico de la ultraizquierda. La foto del niño muerto en una playa turca obligó a la UE a replantearse su política de refugiados. Y, cuando se intenta comprender por qué nacionalistas catalanes y vascos no son felices en las regiones más autónomas de Europa, tropezamos al final con un misterioso “sentimiento” y el axioma de que el corazón identitario tiene razones que la razón no comprende.

Que el hombre es un híbrido de razón y emoción, y que los sentimientos juegan un papel en la cosa pública, no es ninguna novedad. Pero el ideal clásico -desde Aristóteles o los estoicos, y también después en el cristianismo- era el encauzamiento de las pasiones por la recta razón. Ahora, en cambio, vivimos en una sociedad que rinde culto a los sentimientos, exige su exhibición impúdica y consume ávidamente la emoción ajena.

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