Si los animales pensaran… no serían animalistas

Luis I. Gómez

Muchos de ustedes, sobre todo quienes hace tiempo ya que dejaron de luchar contra las canas, recodarán con cariño las aventuras del delfín Flipper, una especie de superhéroe capaz de apagar el incendio de un barco o liberar niños de las garras de sus secuestradores. Nuestra infancia está plagada de momentos “Flipper”, crecimos con Daktari, Bambi, Fury o Lassie, y aprendimos a desarrollar una sana empatía hacia nuestros vecinos no humanos. También antipatías: el lobo feroz, el zorro ladino, los malvados tiburones o las ratas mafiosas. ¡Éramos tan ingenuos! Hoy apenas queda nada de aquella visión romántica de los sesenta y setenta.

Mientras que los animales son presentados como criaturas amenazadas y vulnerables, a los humanos nos ha quedado el papel de villanos

Durante las últimas décadas hemos asistido a un endurecimiento del mensaje que nos llega desde la filmografía de tipo “Bambi exacerbado”: mientras que los animales son presentados como criaturas amenazadas y vulnerables, a los humanos apenas nos ha quedado el papel de villanos. No es de extrañar entonces que, en algún momento de estos últimos 30 años, la gente comenzase a aceptar la falacia según la cual los animales son buenos únicamente porque los humanos somos malvados con ellos.

Hoy, sobre todo entre aquellos que se autoincluyen en la llamada “élite cultural”, lo que está de moda es considerar a los animales como nobles salvajes que anhelan su liberación de la opresión generada por la prosperidad humana.

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