Diez mentiras sobre las armas y los asesinatos masivos

José Carlos Rodríguez

No había amanecido, pues eran las cinco de la mañana, cuando Ernst August Wagner entró en su habitación y golpeó a su mujer hasta dejarla inconsciente, con una clava. Su mano firme, que empuñaba un arma blanca, se aseguró de que su cuerpo no volviera a levantarse. Luego fue por sus cuatro hijos. Ernst cubrió los cuerpos con sábanas, se aseó, agarró dos Mauser y un revolver, medio millar de balas, y se subió a su bicicleta hasta la estación de tren de Stuttgart. Allí esperó al tren, junto a los otros viajeros, que le llevaría a Ludwigsburg. Luego compró una mochila para llevar con mayor comodidad su carga. Visitó a su hermano, hizo algunas gestiones, y se dirigió a Mülhausen por la noche. Se colocó un casco. Se tapó la cara con un velo. Prendió fuego a cuatro graneros. Bajó al pueblo, y disparó a todo hombre que se cruzase por la calle. Le sobraron 420 balas en su paseo mortal, en el que mató a 20 personas. Pero fue descuidado; en un momento se encontró con que sus dos pistolas estaban sin recargar, y unos vecinos se abalanzaron sobre él con sables y aperos. Era el 4 de septiembre de 1913.

Es, quizás, el primero de los asesinatos masivos modernos. Después de este ha habido muchos, y últimamente podemos comprobar que es un mal endémico en los Estados Unidos. El caso de Wagner, aunque fue en Alemania, contiene casi la historia de estas matanzas en los Estados Unidos, pues en los primeros años estaban relacionados con el ámbito familiar o con el crimen organizado, y desde los años 60, pero no antes, se empiezan a ver estos tiroteos con víctimas aleatorias.

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