La quiebra de la utopía posmoderna

Fernando Díaz Villanueva

La caída del Muro de Berlín y el subsiguiente colapso de la Unión Soviética sólo dos años más tarde marcó el fin de la gran utopía del siglo XX. Medio siglo antes había sido derrotado en el campo de batalla el fascismo, su contraparte nacionalista, tan utópico e impracticable en el largo plazo como el comunismo.

Popper advirtió pronto la quiebra de lo que denominó historicismo. El vienés se refería a toda aproximación a las ciencias sociales que parta del presupuesto de predecir la historia. Tanto el comunismo como su derivación fascista afirmaban saber adonde se dirigía la humanidad. Decían conocer unas reglas inmutables que, debidamente interpretadas -por ellos, claro-, conducían irremediablemente a la humanidad a su utopía particular. Su profecía era de una precisión asombrosa, propia de los augures de la antigüedad. Una vez llegados a ese punto la historia concluiría y la felicidad reinaría entre los hombres por siempre jamás.

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