Y el pavoroso ‘mundo feliz’ de Aldous Huxley se hizo realidad

Javier Benegas y Juan M. Blanco

En un artículo titulado “Investigadoras contra el sesgo de la ciencia machista”, cierto individuo que se denomina a sí mismo “divulgador científico” se hacía eco de un estudio donde se afirma que la ciencia hecha por mujeres presta más atención al sexo y, por tanto, mejora la calidad de los ensayos médicos al neutralizar el omnipresente “sesgo machista”. Así, una de sus autoras advierte que en el campo biomédico “investigar de manera errónea cuesta vidas y dinero”, esto es, que el machismo mata… también en la ciencia. Claro que, afirmar que la ciencia hecha por mujeres es distinta a la que hacen los hombres, no deja en muy buen lugar la supuesta objetividad de las ciencias naturales.

En realidad, el fondo de este estudio, que sigue la corriente dominante, no señala nada nuevo. Es cierto que, hasta no hace mucho tiempo, el sexo era un factor olvidado por los ensayos biomédicos. Las personas objeto de experimento solían ser hombres por una cuestión de mera comodidad: los varones no están sometidos a los ciclos menstruales con sus correspondientes cambios hormonales y, por tanto, era más fácil realizar el estudio con ellos. Naturalmente, no se debía a un “sesgo machista” de la ciencia… sino todo lo contrario.

El nuevo ‘Lysenkismo’

Pero la corrección política estableció un terrible tabú: prohibió si quiera insinuar que, fisiológicamente, hombres y mujeres podían ser diferentes en lo que al cerebro se refiere. La ira feminista radical arrojaba directamente a la hoguera por hereje a todo científico que cometiera la osadía de plantear tal hipótesis. Impuso una especie de neolysenkismo, en referencia a Trofim Lysenko quien, en tiempos de Stalin, desarrolló una biología falsa pero que se convirtió en la ortodoxia soviética porque era coherente con la teoría marxista.

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