¿Hacia el fin de la era dorada de la Democracia?

Javier Benegas y Juan M. Blanco

Escribía Milan Kundera en La inmortalidad que de todos los hombres de Estado de nuestra época, el más obsesionado por la inmortalidad fue François Mitterrand. Para demostrarlo, el escritor checo recordaba la ceremonia que tuvo lugar el 21 de mayo de 1981 con motivo de su investidura como Presidente de la República. Ese día, pese a la persistente llovizna, la Plaza del Panteón estaba abarrotada por una multitud que contuvo el aliento al observar a un Mitterrand, trascendente, distante, atravesar la plaza con paso deliberadamente lento, llevando dos rosas rojas en la mano mientras, a través de potentes altavoces, tronaba el “Himno de la alegría” de la Novena de Beethoven.

El nuevo presidente galo entró solo en el Panteón, caminó entre las tumbas de los muertos más ilustres de Francia, y depositó una rosa sobre las lápidas de dos mártires de la patria. Cuando volvió al exterior, la muchedumbre, que hasta entonces había permanecido silenciosa, estalló de júbilo. En palabras de Gabriel García Márquez, “por primera vez desde el mayo de gloria de 1968, el torrente incontenible de la juventud estaba en la calle, pero esta vez no se había desbordado para repudiar el poder, sino embriagado por el delirio de que una época feliz había comenzado.” Sin embargo, añadió: “yo pensaba que semejante paroxismo de la esperanza era tan emocionante como peligroso.”…

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