Clientelismo: el talón de Aquiles de la democracia

Juan M. Blanco

Se escucha mucho últimamente hablar de crisis de la democracia o, al menos, de un cierto descontento o desconfianza de la población con su funcionamiento. Y los motivos son variados. Desde la selección perversa de los gobernantes, realizada por los partidos sobre todo en Europa Continental y especialmente de España, a una paulatina desaparición de los controles y contrapesos que limitan la acción de los gobernantes y previenen contra la arbitrariedad, es decir, el debilitamiento de la separación de poderes.

También se atribuye a unas élites políticas y económicas mediocres o corruptas o a una intelectualidad severamente inclinada a venderse al mejor postor. Sin olvidar la influencia de unos medios de comunicación que, más que proporcionar información relevante para votar racionalmente, siguen su propia e interesada agenda de adoctrinamiento o de conversión de la noticia en acontecimiento sensacionalista o en mero entretenimiento.

Pero existe otro elemento al que se presta menos atención aun resultando bastante relevante para el pobre funcionamiento de las democracias actuales: el crecimiento desmesurado de subvenciones,  transferencias discrecionales, colocación de partidarios en puestos de la administración, todos esos gastos que no tienen una justificación clara.

Son actividades que multiplican el número de ciudadanos dependientes económicamente de decisiones políticas. Es lo que se viene a denominarse clientelismo, el intento de comprar o influir en el voto de ciertos grupos. Casi siempre, se resaltan sus consecuencias económicas: una constante tendencia hacia el déficit público y la deuda. Pero pocas veces las graves consecuencias sobre el sistema político…

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